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Mensaje por Sebastian Michaelis Mar Ene 05, 2016 8:29 pm

La luna siempre ha sido una espectadora, la dulce compañera de la infinita oscuridad. Era casi poética la imagen de aquel enorme desierto que se extendía por decenas de kilómetros, un páramo inerte de vida o vegetación. Tantos los que evitaban adentrarse entre las engañosas dunas durante el día, que de hacerlo, sufrían los castigos del anochecer, aquel frio tan marcado que podría llevar a la muerte a los desafortunados que se extraviaran en aquel territorio, tal como era el caso del joven hombre que en esos instantes recorría a pie la arena, totalmente extraviado, solo tratando de llegar a algún lugar. El hombre, aquel joven alto de cabellos negros y ropajes cubiertos de polvo y arena, avanzaba como podía tratando de encontrar un lugar seguro, alguna piedra alta que le sirviera de protección contra el viento, alguna cueva natural que pudiera otorgarle durante una noche, el cobijo que necesitara o, con mayor suerte, la ciudad de los muertos, que debía estar por aquel lugar, entre la arena, siendo esta su mayor salvación.

¿Qué era lo que hacía en ese lugar una persona? La respuesta era sencilla, simple en realidad. Se había perdido. Un hombre aventurero, enérgico y que solo quería pasar un buen día recorriendo el desierto, disfrutando de poder recorrer con su todoterreno las dunas, dando saltos en la arena y sintiendo el viento del desierto rodearle. Era un hombre que no hacia ningún mal a nadie, que solo quería pasar un buen rato sin que hiciera daño a nadie, solo un gusto sencillo. Más fue su deseo de aventura, de disfrutar de la velocidad, lo que le llevo a ese tan desafortunado momento. Por falta de cuidado, por capricho del destino, por jugarreta del desierto, su camión dio un salto algo más alto de lo que era recomendado, cayendo con algo más de fuerza de la que era esperada, aterrizando en una zona donde no era adecuada aterrizar. El vehículo cayó más de lo que debía, el tanque de gasolina se rasgó contra una piedra saliente, la gasolina empezó a salir a chorros y, finalmente luego de parar al notar el impacto y escuchar aquel ruido de desgarro de metal, el vehículo perdió toda la gasolina que traía, creando un gran charco que la arena poco a poco empezó a jalar, quedando estático como una nueva decoración del lugar.

La mala suerte del hombre no termino ahí. En aquella parte del desierto, su celular carecía de señal. Su ruta por el desierto le había llevado tan lejos, que no estaba ni cerca de la carretera, solo sabiendo la localización de las ciudades con respecto su dirección. Mientras pensaba que hacer, el sol empezó a ocultarse poco a poco, causando que su decisión final fuera tratar de llegar a la ciudad más cercana, la ciudad de los muertos, con la esperanza de llegar antes de que algún animal del desierto pudiera hacerle algo.

Todo fue sencilla mala suerte, no ser suficiente precavido, el capricho del destino, lo que uno quisiera considerar que fuera lo que causo que aquel hombre terminara recorriendo a pie el desierto. Su miedo no era irracional, su decisión de no quedarse en el vehículo fue la certera en realidad. En los últimos días, había habido reportes de que por la carretera cercana, se habían realizado atentados contra autos familiares o algunos vehículos pequeños de transporte. Se le había dicho al público de tener cuidado al atravesar la carretera, informándose que se sospechaba el atacante era en realidad algún animal del desierto muy agresivo. Al menos así fue hasta que unas horas antes, cuando el hombre que ahora caminaba por la oscuridad del desierto nocturno apenas estaba arreglándose para salir en su vehículo, se hubieran encontrado los cuerpos cercenados de una familia en la carretera a algunos kilómetros de Death City. Sus cuerpos no habían sido consumidos de ninguna forma, sencillamente habían sido destazados, sus almas idas. Eso alerto a Shibusen para pensar que, muy posiblemente, aquellos ataques no habían sido hechos por un animal… Si no por una persona, una persona que comía almas.

Esa noche, en la que la luna era una vez más un mero espectador con la comisura de sus pétreos labios chorreando sangre y sus ojos cínicos y esquizofrénicos observando la tierra con delirio, ese hombre se había vuelto el más desafortunado de todos, sin que lo supiera, solo por una mala decisión, un descuido, un incidente. De haberse esperado un día más, la noticia del cierre de la carretera por causa de las investigaciones le habrían imposibilitado a salir. De haber esperado un día más, los enviados al desierto por parte de Shibusen habrían confirmado la existencia de un Kishin en el desierto, un riesgo para cualquiera que lo quisiera travesar. De haber esperado un día… Podría haber visto el amanecer una vez más. Todo lo que vio fue la ciudad a la distancia, con sus luces brillantes y altos edificios, agradeciendo a un dios que ya lo había abandonado.

Si sirve de consuelo para alguien, para sus familiares o sus amigos, no sintió ninguna clase de dolor. Tampoco hubo tiempo suficiente para sentir el más mínimo atisbo de miedo. Todo lo que sus sentidos percibieron fue un leve susurro detrás suya, girándose solo para ver todo el lugar moverse, de una manera descontrolada, mientras su cabeza caía decapitada al suelo, finalmente pereciendo. Lo último que sus sentidos percibieron, fue la imagen distorsionada de un demonio, de un ser de brazos largos y rostro demacrado, que en esos momentos cortaba de nuevo su decapitado cuerpo. Y eso fue lo último, antes de que su alma fuera consumida por completo.


-Que buena cena, que buena cena, fue delicioso en verdad. Dios, espero que pronto amanezca, deseo comer más.

El extraño demonio grito y rio animado, mientras dejaba los pedazos cercenados de su presa a un lado, permitiendo fuera el desierto quien le enterrara por completo y fuera una tumba para los restos. Aquel era un Kishin confiado, fuerte en verdad. Se había comido varias almas en distintas ciudades, había matado a incontables personas y se había deleitado con sus esencias inmortales. Últimamente había atacado varios grupos de personas en el desierto, alimentándose de sus almas. Incluso había acabado con la vida de un par de desafortunados equipos de arma y técnico, aprovechándose de su distracción para devorar sus esencias. Aquel huevo de Kishin estaba confiado, orgulloso de su poder, no le temía a nada ni nadie… Y nuevamente, la luna pareció reír, anunciando al nuevo desafortunado de la noche.

-Así que tú eres quien hacia escándalos en la carretera… Que poca elegancia tienes…

El kishin de rostro demacrado giro, totalmente impresionado. No había sentido nada, no había notado a nadie, ni un ruido que alertara que habían llegado a su lado. Observo al recién llegado con sorpresa, un hombre ataviado de una forma tan elegante que era ridícula. Estaban en el desierto, ¿Quién usaba saco y corbata en el desierto? Así fuera de noche, aquella elección de atuendo era ridícula para cualquiera. El demonio se quedó estático solo unos instantes, precavido, mientras movía sus largas extremidades que imitaban las patas de una araña gigante, girando su desgarrado y deforme rostro de formas impensables en un ser humano. Observo al hombre frente suya, cuestionando que hacia ahí, quien era, que quería.

Ninguna respuesta salió de los labios del pelinegro que poco a poco se fue acercando hacia el Huevo de Kishin, cerrando las distancias. El demoniaco ser dio un paso atrás sin saber por qué. Algo en aquellos ojos rojos como al sangre, en aquella sonrisa que parecía cincelada en mármol le ponía sumamente nervioso. No lo pensó más, salto hacia su presa, sus brazos moviéndose cuales guadañas de la muerte, buscando el cuello del pelinegro. Este solo sonrió y, finalmente, desapareció.


-Yo solo soy… Un simple mayordomo…

Aquella respuesta fue escuchada por el demonio de extremidades de araña y cara demacrada, quien giro su rostro sobre su hombro para mirar al hombre que ya hacía a su espalda. El demonio gruño de miedo, para tratar de avanzar hacia aquel ser que había aparecido de la nada, solo para notar el chorro de sangre salir de su brazo, luego de su pierna, finalmente de su pecho. Bajo la mirada para ver la sangre salir como fuentes, su pierna cercenada, su brazo colgando de un delgado hilo de carne mientras la sangre brotaba, el enorme agujero en medio de su pecho, donde debería haber estado su corazón. Los ojos de aquel ser se cerraron lentamente, su cuerpo cayó al suelo y así, su existencia acabo.

El pelinegro se acercó lentamente al cadáver, observando el alma rojiza empezar a flotar en medio del aire, acabando de salir del ahora inerte cuerpo. El mayordomo rio tomando el alma con la mano, dirigiéndola a sus labios. Abrió apenas la boca, lo suficiente para succionar el alma como si de un flan se tratase. El alma rojiza quedo dentro de su boca, para finalmente tragarla, consumirla, sonriendo al sentir la textura deslizarse por su garganta, acabando por soltar un suspiro de satisfacción mientras se daba la media vuelta, sonriendo divertido.


-Bueno, bueno… ¿Qué otra cosa divertida podría haber esta noche?
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Mensaje por Zerick Jericho Miér Feb 24, 2016 8:03 am

Elizabeth, Elizabeth.
¿Quieres saber cómo terminarás?
¿Recuerdas a tu hermana pequeña? Sí, recuerdas lo que le pasó, recuerdas lo que se la llevó, sin que tú pudieras hacer nada.

¿Por qué fui tan débil?
Una bruja. Fue por culpa de una de ellas. Una de su calaña, todas son iguales.
Nos fallaste. Te fallaste a ti mismo pero sobre todo le fallaste a ella.

Acomodé un poco la kufiyya sobre mi rostro, aquel pañuelo de algodón de gran tamaño que alcanzaba a ocultar casi en su totalidad mi cabeza a excepción del espacio de mis ojos, los cuales se encontraban entrecerrados debido al esfuerzo que estaban realizando. No por la oscuridad de la noche, siendo el desierto solamente iluminado por los astros del cielo, ya que mis ojos se habían acostumbrado a la falta de luz. Mucho menos era por la arena incesante que se movía con cada soplar del viento; No, el pañuelo en mi cabeza se encargaba de ese problema. El esfuerzo en sí era simplemente el uso continuo de la percepción de almas, la habilidad básica enseñada a los Meister de Shibusen. Cada tanto detenía mi recorrido por el aparente infinito desierto, solo para escanear los alrededores con la esperanza de dar con mi objetivo.

Sí, en teoría la dificultad de la misión que había tomado del tablón de Shibusen, luego de haber discutido con la encargada de misiones bajo su afilada mirada sobre el marco de sus lentes, no era muy grande. Pero tenía su lado engañoso. Si bien estaba titulada bajo uno de los rangos inferiores, con la posibilidad de ser asumida por un individuo sin la necesidad de un compañero, el pasaje hasta completar la misma era lo que complicaba las cosas. Peinar los kilómetros y kilómetros de los alrededores de la ciudad era un trabajo casi exhaustivo. Si le agregas el hecho de que lo que buscabas era una sola criatura, la franja se ampliaba aún más. Finalmente, actuar sin compañía terminaba por ser la frutilla del postre, al menos en mi caso. Yo no tenía un arma. No que la necesitara, realmente. Me había hecho fuerte por mis propios medios, por mis egoístas objetivos. No me avergonzaba admitir que era un tipo egoísta y por lo mismo no me molestaba no tener un compañero fijo. Por eso tomé la misión y ahora me encontraba un poco agobiado. Volví a acomodar el pañuelo en la zona de mi barbilla, mientras respiraba hondo. Mi lado optimista me decía que realizar estas tareas me darían la experiencia para cumplir la meta principal de mi vida. Mi lado pesimista me recordó de que tal vez rondar en la oscuridad y soledad de un desierto buscando a un alma ya perdida y sin salvación para darle final no era lo que se podía llamar una noche perfecta.
Pero bueno, no todo era malo. Me había adelantado a mi mismo y la ropa que llevaba era perfecta para las condiciones en las que debía moverme. La kufiyya envuelta en mi cabeza y rostro, una capa que llegaba poco más arriba de mis rodillas y que se abrochaba por medio de un cierre en el frente, botas, y claro las prendas más básicas como una camiseta manga larga y pantalones cómodos, todo repartidos en colores grises o crema para no llamar la atención. Oh, y vendas que cubrían por completo mis manos y llegaban hasta debajo de los codos. En el cinto de mi pantalón contaba con utensilios básicos de supervivencia, destacando la cantimplora, el cuchillo de combate y un mapa detallando los puntos de interés de mi misión. Mi movimiento sigiloso y aprovechando los desniveles del terreno. No podían decir que no estaba preparado.

¿Por qué se la llevó? ¿Por qué a ella?
Dime ¿por qué has llegado hasta Shibusen?

Para mi suerte, además, el perímetro de búsqueda se había reducido considerablemente, gracias al patrón que se había trazado sobre los ataques de la criatura. Lo que no se mostraba en los mapas ni se señalaba en la teoría, sin embargo, fue lo que mis ojos ahora estaban apreciando, allí, en medio del desierto. Un vehículo. Una vez más mis ojos delinearon el horizonte en un giro completo y, nuevamente, no encontré señales de vida. Con la seguridad de saber que no me encontraría bajo una emboscada pero tampoco cerca de un civil, me acerqué al abandonado camión. A la hora de mi salida no se había recibido ningún reporte de último aviso sobre desapariciones o hallazgos de cuerpos, pero eso podría haber cambiado en el mismo momento en el que yo había dejado la ciudad. Aquel posible Kishin actuaba con velocidad, y era evidente que se le podía considerar como una amenaza activa. Peligroso. Se le podía definir así siendo que se había cargado a dos efectivos de la escuela vocacional para técnicos y armas. Negué con la cabeza mientras mi mano sacudía lejos la arena que se había acumulado en el asiento delantero.

Tu familia está incompleta, quebrada.
Fallaste, fallaste.

Ya me había alejado del vehículo averiado, lo suficiente al menos como para perderlo de vista, ¿Al menos otra víctima? Mi ceño se frunció un poco bajo la tela del pañuelo. Avancé por la ruta más evidente, al menos la que sospechaba que habría tomado él o los integrantes del todoterreno. La Ciudad de la Muerte era un faro de luz en medio de la interminable oscuridad que era el desierto. Suponía que esa era la dirección que habrían tomado. Esperaba que fuera esa. Tal vez no era demasiado tarde.

Era inútil intentar seguir cualquier tipo de rastro. El desierto trabajaba rápido para cubrir bajo capas y capas de arena cualquier detalle importante o a resaltar. Todo era consumido por la arena. Y sin embargo…
-Oh, fuckin' hell.- Cerré los ojos por unos segundos. Mi mano se encontraba encima de una cabellera que no era la mía. Los ojos vacíos y el resto del cuerpo todavía por hallar. Solo su cabeza. Podía verla aún habiendo cerrado los ojos. Mordí mi labio inferior antes de mirar a mi alrededor. Efectivamente, un bulto resaltaba entre algunas dunas, no demasiado separado del lugar en el que me encontraba. Mis sentidos se agudizaron cuando una brisa helada acarició mi espalda y cuello. Cosa absurda tomando en cuenta mi elección de vestimenta, ¿Un escalofrío? Una sonrisa de lado se dibujó en mi rostro a pesar de estar bajo el kufiyya. Me levanté de mi posición inclinada frente a la cabeza cercenada, y observé mis alrededores. La percepción de almas activada. Y por primera vez en aquella noche, mis ojos dieron con un alma viva a parte de la mía. Una figura que no podía distinguir muy bien. Estaba de espaldas a mi, pero a medida que me acerqué, con paso tranquilo pero interiormente cauteloso, pude notar como el individuo era bastante alto, ¿Era eso un traje? ¿Llevaba un traje en el desierto? Por un breve instante lo que parecía ser otro cuerpo, esta vez a los pies del extraño, se me asomó por el rabillo del ojo. La sonrisa que nunca se había llegado a borrar de mi rostro fue compartida ahora por el ser, que se daba la media vuelta para terminar de revelarme su apariencia, mientras escuchaba sus palabras salir con un tono elocuente y tranquilizador. Mi media sonrisa no desapareció incluso cuando sentí sus ojos carmesí oscurecidos por la noche pero aún así dotados de un brillo propio, casi endemoniado, encima de mi. Y a pesar de compartir el mismo color rojo sangre que yo, sus pupilas volvieron a hacerme sentir aquella extraña caricia de frío en mi cintura y espalda. Y en ese momento pude recordar, que fue la misma sensación que sentí con la Bruja diez años atrás. -Creo que podremos divertinos juntos, tú y yo. Antes de que, lamentablemente, termine con tu pequeño festín de almas.- Mi sonrisa finalmente se esfumó. Le haría un pequeño favor al viejo Shinigami y exterminaría un poco de la locura en su retorcido mundo. Pero de no haber sido por el enfoque que había posado sobre mi aparente enemigo, seguramente podría haber escuchado a la luna, en lo alto del cielo nocturno, soltar una risa, tal vez ante mi pensamiento. Tal vez por algo más.

Para exterminarlas...
Zerick, tú fallaste.
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Mensaje por Sebastian Michaelis Lun Mar 21, 2016 6:00 pm

La noche siempre el confidente de los amantes secretos, el velador de los ladrones, al el compañero de los asesinos. Era el manto oscuro que formaba a su alrededor, aquel que propiciaba lo peor de cada uno, aquella oscuridad que envolvía cada centímetro de los páramos, que penetraba en cada poro de piel de quien se encontrara bajo su yugo, oscureciendo las almas, sacando a relucir su esencia más oscura. Era la noche aquella compañera de la locura, la risa tallada en la luna muestra de ello. Era en sus ojos que se encontraba la esquizofrénica verdad de la noche, aquella verdad que se ocultaba en lo más profundo de los perversos corazones.

Y como un hijo más de aquella locura, como el complemento dispar de la sonrisa enloquecida de la luna, se encontraba ahí aquel perverso mayordomo de pie, con una sonrisa tallada a cincel, un rostro que más de uno asociaría a la obra de algún Miguel. Parado en mitad de las arenas profusas e interminables de aquel ecosistema marchito, de pie a un lado de los restos inertes de un desafortunado demonio quien su fin había encontrado esa noche, aquel demonio se alzaba como una mera decoración de aquella noche, una decoración que con sus ojos rojos como la sangre recorría el vasto lugar. En su mano, que antes estuviera de un blanco inmaculado por los guantes que siempre llevaba, resbalaba lentamente la rojiza sangre fresca que antes circulara por las venas del Kishin muerto a sus espaldas. Sin darle demasiada importancia se quitó aquella sencilla prenda manchada de rojo, tirándola al suelo, dejando que la arena y el viento del desierto empezara a engullirlo, notando la llegada de otra persona, su cercanía.

Su sonrisa se ensancho cuando una joven voz se abrió paso entre el ruido de las ráfagas de aire azotando la arena, alzando la vista de manera tranquila y educada, llevando su mano a su mentón en gesto pensativo, su mano ahora libre que mostrando aquella fina mano masculina de uñas tan negras como el cielo sobre ellos, que solo era iluminado por las escasas estrellas y la sonrisa demente de la luna.
-Oh… Un joven caminando del desierto, veo ha venido preparado para las arenas y el viento, pero por sus palabras, puedo adivinar no solo vino a dar un paseo… ¿Verdad?-

La sonrisa del demonio se mostró divertida mientras avanzaba un poco en dirección a aquel joven cubierto, notando debajo de la tela los ojos rojizos del contrario, tan parecidos a los suyos, pero mucho más inexpertos, mucho más jóvenes e infantiles desde su perspectiva. Aunque bueno, eso era normal, pocas eran las personas que pudiera siquiera acercarse a la edad que poseía, aunque a su espalda, varios kilómetros hacia el interior del desierto, en el centro de una fortificada ciudadela como lo era Shibusen, se encontraba uno de esos seres que incluso era viejo en su comparación.

-Acabar con mi existencia… No eres un pequeño crio de Kishin, como este pobre individuo detrás mía… ¿Acaso eres un técnico de Shibusen? Eso no sería raro, después de todo estando tan cerca de la ciudad, y con los destrozos de esta araña, no sería extraño hubieran mandado a alguien…-Supuso el mayordomo aun con su mano sujetando su mentón en aquel gesto de despreocupada meditación. Era como si aquella amenaza de acabar con su existencia hubiera sido un mero comentario sin importancia para él. En sus facciones se veía aquella seguridad que rayaba en la arrogancia, una arrogancia que para muchos seria mortal, pero no para él, que en su interior poseía el poder para respaldar aquella confianza despreocupada.-¿O tal vez un arma de Shibusen…? ¿Qué será, que será…?- Pregunto divertido el mayordomo para soltar su mentón y empezar a acercarse hacia el rubio de rojizos orbes, mientras la arena del desierto parecía agitarse más lentamente, como si el paso del pelirrojo la obligara a esperar, a la vez que la luna una vez más reía, soltando una carcajada oscura que a lo débiles haría erizarse la piel.

-Oh… Pero que descortesía la mía… Indago su origen, pero ni siquiera he dado dato alguno del mío…-sonrió el pelinegro mientras llevaba su mano a su propio abdomen, dando una suave y educada reverencia, que seguro seria el orgullo de alguna maestra de modales del siglo XVIII. Alzo el rostro apenas un poco para que sus orbes del color de la sangre se posaran en los del chico, sonriendo con absoluta tranquilidad.-Mi nombre es Sebastian Michaelis… Es un placer, señor caminante del desierto…-Se presentó el hombre con total educación, aquella voz masculina y suave escapando de sus labios para decir su nombre, enderezándose para sonreírle al muchacho del cual no sentía temor o precaución alguno, como si su mera presencia fuera la de un cactus, o algún arbusto-¿Quién es usted?
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Mensaje por Zerick Jericho Vie Abr 29, 2016 6:15 pm

Tenía cierta sensación, cierto sentimiento, al estar presente frente a tal criatura. Era algo extraño, no lo había sentido antes al enfrentar algún ser hostil durante otras misiones del Shibusen, pero esta vez, tenía este vago presentimiento que, de todas formas, no lograba descifrar. Era posible, bueno, muy posible, que fuera causado por la tranquilidad y hasta coherencia con la que podía expresarse aquel individuo tan peculiar. Realmente llamativo, o eso pensé, mientras miraba como retiraba de sus igualmente pálidas manos aquellos guantes teñidos con la presunta sangre de otra criatura, la criatura que yacía a sus pies siendo poco a poco devorada por la arena. Aquella figura ya sin vida tenía una apariencia más demoníaca que humana, signo notorio de un huevo de kishin. Era claro asumir que quien había terminado con su asquerosa existencia no era otro más que aquel vestido tan formal y, sin embargo, era él quien más me preocupaba. Porque sabía que no era alguien indefenso. Y fue entonces que aquella sensación que no podía describir con palabras comenzó a caerme muy familiar.

-No, si fuera un paseo habría elegido un lugar más convencional.- Contesté, negando con la cabeza levemente mientras una de mis manos, oculta de cualquier mirada por la abrigada tela de la capa que me cubría, se posaba en el mango del arma cortante que tenía fija a mi cinturón. No era simple precaución, no. El contrario había dado unos pasos para acercarme pero por algún motivo solo ese simple movimiento me había sacado de mi juego lo suficiente como para inquietarme. Como para hacerme sentir… ¿que mi vida corría peligro? ¿Era eso? Dejé de lado esa línea tan oscura de pensamiento cuando escuché sus siguientes palabras, confirmándome lo que antes había estado sospechando con respecto al cadáver a su espalda. -¿La araña? ¿Entonces el causante de tanta atención fue el pobre diablo que está tirado allí?- Pregunté una vez él hubiera dejado de hablar. No iba a dejar que solo una de las partes indagara, después de todo este era mi trabajo. Mi misión. Y no iba a fallar.

Ante todo había dejado aquella impasible mirada mía fuera lo único que se dejara ver por el contrario, pero al verle acercarse aun más, no pude hacer otra cosa mas que arrugar el ceño en mi rostro y sacar de su vaina al cuchillo de combate, fijándome en una posición de combate acorde. -No te acerques más.- Advertí, el filo de mi arma apuntando hacia el suelo pero preparado para encararlo si se presentar el caso. Era lo más probable, luego de la charla, así que de cierta forma solo me adelantaba a los hechos. Era confiado, sí, incluso me habían llamado un idiota. Hah, ese hasta se había vuelto en cierto sobrenombre para mi, pero de todas formas, no era un estúpido. Él se había encargado del kishin en mi misión, sí, pero eso no significaba que fuera un aliado. -Oh, yo soy Zerick. Zerick Jericho, brillante técnico del Shibusen.- Hablé con un tono más alegre y despreocupado de lo que había sido antes, a pesar de que podía notar ahora de que el ritmo de mi respiración se había acelerado un poco, solo un poco. De todas formas, con mi mano libre bajaé la prenda de ropa que había estado cubriendo parte de mi rostro y cabeza, solo para ofrecer una animada sonrisa a mi posible rival. -… Gracias por tu ayuda exterminando a esa criatura, ahora necesitaré que me acompañes a Death City, el viejo Shinigami seguro querrá conocerte y darte una recompensa.- Todavía sonriente, a pesar de que ahora sí que podía escuchar la oscura risa de la luna en lo alto del oscuro cielo. Aquello me trajo de nuevo aquella sensación… aquel… miedo. Tal vez no fuera solo eso. Pero por un pequeño instante bajé la mirada del contrario a mis pies, mientras sentía como mi corazón latía a una velocidad que no había percibido antes, ¿Había estado siempre así de intranquilo? Mis ojos se abrieron de par en par al tonar que el agarre ahora visible de mi mano con mi arma de elección temblaba, apenas perceptible, pero lo hacía. -¿Por qué…- Tragué saliva antes de devolver mis ojos a los del ahora demasiado cerca enemigo, ¿Cuándo se había acercado tanto? ¿Había desobedecido mi advertencia anterior, o solo estaba viendo cosas?

-Te dije que no te acercaras…- Gruñí por lo bajo, dejando que la adrenalina inundara mi cuerpo antes de salir disparado hacia él a gran velocidad, acortando la poca distancia que nos separaba en prácticamente nada, una pequeña nube de polvo y arena levantándose por el impulso que había utilizado para lanzarme hacia el de ojos igualmente carmesí. Mis ojos estaban fijos en un solo punto. Sería un corte preciso, directo al cuello, con la mayor sutileza que pudiera juntar para que todo fuera rápido e indoloro. Iba a terminar esto rápido, no tenía más tiempo que desperdiciar, no podía detenerme a pensar antes. No había tiempo, Shinigami lo entendería. Haha, Shinigami, el Dios de la muerte. Dime, Dios, ¿Por qué estoy tan asustado ahora?
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La Noche de la Corrupcion [Priv. Zerick Jericho] Empty Re: La Noche de la Corrupcion [Priv. Zerick Jericho]

Mensaje por Sebastian Michaelis Sáb Jul 16, 2016 11:05 pm

Sin duda, el pelinegro resultaba exasperando en esa situación. Normalmente su actitud servil, amable y despreocupada le hacían alguien agradable con quien estar, en reuniones o encuentros casuales, aquella forma de ser educada era suficiente para ganarse el bien visto de la mayoría de las personas. Pero aquella no era una situación en la cual una personalidad perfeccionista como la suya, pudiera causar algo que no fuera nerviosismo y desconfianza. Que aquella sonrisa servil adornase sus facciones, que su expresión tranquila se mantuviera inmaculada, que su andar y sus gestos fueran tan relajados, mientras el cuerpo del Kishin a sus pies lentamente era tragado por la arena y la sangre fresca adornara todo el suelo a sus pies, hacía que su actitud se volviera casi aterradora.

Por ello, no pudo culpar al joven técnico de mostrar esas expresiones tan desconfiadas, de tratarle de aquella manera tan cortante y agresiva. Era su deber, como el excelente mayordomo que era, de tratar de tranquilizar al muchacho, después de todo no necesitaba se iniciase una pelea, donde alguno de los dos, mucho más posiblemente el técnico, resultase herido.
-Asi es… Este pequeño demonio estuvo aterrorizando las rutas terrestres entre la ciudad y otros puntos… Pero me he encargado de él, empezaba a ser un incordio…-Bufo suavemente mientras continuaba su andar en dirección a Zerick, siempre sonriendo de forma perfecta.

-Oh… tranquilo, no esperaba te incomodara quisiera poder hablar cara a cara… -Una sonrisa se formó en sus facciones de nuevo, con un poco de diversión que se mostraba en cómo se curvaba el borde del labio-Y es un gusto, joven Jericho… Aunque…-La luna parecía incrementar su sonrisa de forma tan violenta que no hubiera sido extraño se desencajara la mandíbula, sus ojos se fijaron en el punto exacto donde ellos dos estaban, como si a través del cielo y el espacio, buscara ser partícipe de ese encuentro, como si fuera algún espectáculo digno de ver-Lo siento… No puedo ir con el Shinigami… Sería muy molesto.-

Uno de sus ojos se abrió para ver como Zerick empuñaba su arma de una forma que detonaba no solo un entrenamiento dedicado, sino que también mostraba un talento natural para el combate, una posición cómoda y refinada, que seguramente le haría imparable en las pruebas de combate dentro de Shibusen o ante los ojos de su instructor… Pero que ante Sebastian, era más bien un molesto mosquito al cual tratar.

-Eso es peligroso…-Susurro cuando Zerick había cerrado toda distancia de golpe, pero sus ojos estaban totalmente fijos en los de él, como si le hubiera seguido con la vista en todo instante, a pesar del increíblemente veloz movimiento realizado para quedar frente a él. El rubio técnico movió su arma con mortal precisión, pero antes de llegar, la mano del pelinegro se movió con una monstruosa velocidad. Sintió como el dorso de su mano impactaba limpia y pesadamente contra la mejilla del rubio. Una sonrisa divertida se mostró en su rostro mientras escuchaba el sonido del impacto venir unos instantes después del impacto de su mano, mientras Zerick era mandado hacia un lado con la misma brusquedad que se vería en un muñeco de trapo que fuera lanzado como balón de futbol americano.- Pensé que en su escuela les enseñarían a no jugar con armas… ¿Qué ha estado haciendo el viejo Shinigami ahí dentro-

Antes de darle siquiera tiempo de responder, el demoniaco mayordomo imito a Zerick y se movió a la misma velocidad que antes hiciera gala el rubio, acabando frente suya en un suspiro, con la arena del desierto alzándose detrás de él, con un pie piso firmemente la mano del rubio, la cual sostenía el cuchillo que antes dirigiera hacia su garganta, la cual aún continuaba perfectamente cubierta por el cuello de su camisa y el nudo de su corbata.-Uno quiere poder hablar de forma educada, como seres civilizados decentes… Pero veo se necesita hacer unos pocos ajustes para que sea asi…-Susurro con una sonrisa dulce en el rostro, la misma que le daría una persona a un niño pequeño que hacia un berrinche, justo antes de corregirle y enseñarle como debía comportarse, si quería crecer como alguien decente y educado. En ese momento Zerick era el pequeño niño y Sebastian el adulto que debía enseñarle a comportarse. Y con ese pensamiento, hizo presión con el pie. Y con esa presión, un crujido se extendió por el desierto lugar.
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La Noche de la Corrupcion [Priv. Zerick Jericho] Empty Re: La Noche de la Corrupcion [Priv. Zerick Jericho]

Mensaje por Zerick Jericho Sáb Ago 06, 2016 4:51 am

Fue apenas una fracción de segundo. Ni siquiera un pestañear de ojos pasó entre el filo de mi arma acercándose al cuello del contrario, antes de sentir el pesado contacto de algo contra mi mejilla. Una corriente casi eléctrica se expandió desde ese punto hasta invadir la totalidad de mi cráneo, como si se tratara del efecto de un objeto cayendo en las calmadas aguas de un lago, olas de dolor recorriendo mi cabeza. Antes de poder definir que era exactamente lo que me había golpeado, salí disparado sin haber llegado a siquiera tocar al de cabellos azabaches, la potencia del golpe haciéndome cerrar los ojos mientras sentía mi cuerpo volar con violencia hasta chocar y rebotar una, dos y hasta tres veces sobre las dunas de arena hasta finalmente detenerme.

Solté un gruñido, entreabriendo uno de mis ojos antes de toser por culpa de un tanto de arena que se había colado en mi boca. Recobré fuerzas intentando levantarme, apoyando las manos en el suelo para separar mi rostro del mismo, pero sintiéndome demasiado mareado por culpa del golpe anterior como para poder lograrlo con la urgencia que pedía el momento. Sin embargo el miedo volvió a invadir mi cuerpo, haciéndome abrir los ojos para por fin despertarme del todo, notando el aferrado agarre que había mantenido de forma inconsciente sobre el puñal de mi arma elegida. -Gah…!- Todo en vano pues en aquel instante sentí la presión del pie del contrario sobre mi extremidad haciendo que liberara al objeto, y un nuevo escalofrío recorriera mi espalda al escuchar la voz de aquel demonio hablar en ese tono tan jodidamente tranquilo y elocuente. Luego vino el sonoro ceder de la mayor parte de huesos que conformaban mi mano antes de sentir la impetuosa necesidad de gritar. Y eso hice, solté un grito de puro dolor que, de habernos encontrado en un lugar poblado, seguramente habría asustado a más de uno.

Pero usé eso. Usé eso a mi favor. Dejé que el dolor que sentía transformara el miedo en ira y odio. Dejé que el grito desgarrador se convirtiera en un gruñido de pura furia antes de apretar la mano que me quedaba en un puño, hasta el punto de lastimarme, sólo para lanzar el mismo, acompañado de destellos eléctricos de mi onda de alma, directo hacia el cuerpo del contrario. -¡Vete a la mierda!- Pronuncié a todo pulmón y de forma no muy elegante antes de que el violento golpe que había arrojado conectara con… Nada, nuevamente. Sólo aire. Había perdido de vista al extraño ser por segunda vez aquella noche, y ese simple hecho me terminó por confirmar que la diferencia entre nuestros niveles era demasiado abismal como para poder siquiera imaginarme el poder del contrario. Sujetando mi mano herida terminé por levantarme sólo para comenzar a retroceder todo lo que me fuera posible realizando continuos saltos sobre las dunas de arena, buscando distanciarme o al menos dificultar la llegada de un venidero ataque con mi movimiento que tal vez resultaría dificultoso considerando el terreno pero que llevaba a un ritmo bastante rápido, mientras en un cerrar y abrir de ojos, literalmente, activaba la percepción de almas, mis pupilas carmesí buscando desenfrenadamente al bien vestido rival.

Hasta el último ápice de la calma de la que siempre me había sentido orgulloso había desaparecido y en su lugar sólo me quedaba el descontrol que significaba estar eufórico por culpa del enojo, ¿enojo hacia el contrario? Tal vez. La molestia natural de ser superado en combate y recibir heridas, o de directamente sentir amenaza tu existencia. Pero, mayormente, era odio hacia mi propia persona. Porque ahora entendía lo débil que era en realidad, lo lejos que estaba de alcanzar mis objetivos, lo inferior que debía ser comparado al de ojos sangre, como así también a la mujer que se había llevado a mi hermana. ¿Qué era lo que me quedaba entonces? ¿Iba a morir esta noche sin haber logrado nada?. Por un segundo mi mirada se desvió a las luces en la lejanía, las luces pertenecientes a la ciudad, un sentimiento de extraña pero pesada nostalgia invadiendo mi pecho, mi corazón latiendo aceleradamente producto de las imágenes que pasaban fugazmente por mi cabeza. Elizabeth, Alan, Alice…

Tragué saliva antes de devolver mi atención al frente, a los lados, a mi espalda. Mis ojos buscando frenéticamente al enemigo y mi mente limpiándose una vez más para seguir afrontando el combate. Para simplemente sobrevivir. Porque no podía morir aún. No. Yo todavía tenía demasiado por lo que vivir, nadie podía quitarme eso. Ni siquiera la pesadilla que estaba viviendo en estos momentos. Frené mi huir y fue entonces que la calidez de sentir mi propia alma liberarse me bañó por completo. La decisión y seguridad regresando a mi persona, mi rostro tomando un semblante concentrado y serio. Mis sentidos agudizándose como nunca antes. Para aquellos entrenados en la percepción de almas, mi alma liberada debería alzarse ahora en todo su esplendor, una perfecta cúpula de intensa tonalidad naranja cubriendo tanto mi cuerpo como el área a unos metros de mi. Los mechones de mi cabello así como también cientos de miles de granos de arena alzándose un poco en el interior, a la vez que la arena alrededor se removía cual remolino. No, aquel suceso seguramente sería perceptible incluso para alguien sin el ojo entrenado como para ver almas.

No, yo no podía morir todavía. Debía, después de todo, exterminarlas...
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